miércoles, 23 de mayo de 2012

LOUISE GLÜCK


Maitines

¿QUIERES saber cómo paso mi tiempo?
Camino por el prado de enfrente, fingiendo
deshierbar. Deberías saberlo,
jamás deshierbo de rodillas, ni arranco
manojos de tréboles: en realidad, espero
algo de coraje, alguna vivencia
de que mi vida cambiará, aunque
me lleve siglos buscar
en cada manojo la simbólica
hoja. Pronto acabará el verano, ya
las hojas empiezan a cambiar, las de los árboles
enfermos van primero, la muerte las transforma
en un brillante amarillo, y un puñado de aves oscuras
anuncian su toque de queda musical.
¿Quieres ver mis manos? Tan vacías
como en la nota primera.
¿O se trataba tan sólo de seguir adelante
siempre, sin ninguna señal?




La amapola roja

GRAN cosa
carecer
de mente. Sentimientos:
oh sí; ellos
me gobiernan. Tengo
un señor en el cielo
llamado sol, y me abro
para él, le muestro
el fuego de mi propio corazón, fuego
igual que su presencia.
¿Qué podría ser tal gloria
sino un corazón? Oh hermanos y hermanas,
¿fueron como yo alguna vez, hace tiempo,
antes de ser humanos? ¿Se permitieron
abrirse una sola vez, ustedes
que nunca volverían a hacerlo? Porque en verdad
estoy hablando ahora
como lo hacen ustedes. Hablo
porque estoy destrozada.




La puerta

QUERÍA quedarme como estaba, quieta
como jamás el mundo se está quieto,
no en mitad del verano, sino en el instante
previo al nacer de la flor, el instante
en que nada es pasado todavía;

no en mitad del verano, en la tardía
pero intoxicante primavera, con el césped
no muy crecido al borde del jardín, con los primeros
tulipanes empezando a abrirse;

como un niño que ronda la puerta y vigila a los otros,
a los que van primero, un amasijo
tenso de piernas y brazos, pendiente
del fracaso ajeno, de las debilidades públicas

con la feroz confianza del niño en su poder inminente,
preparándose para vencer
esas debilidades, para no sucumbir
ante nada, el tiempo justo

antes de florecer, la época de maestría

antes que el don se manifieste,
antes de poseerlo.


                                         de El Iris Salvaje - Traducción de Eduardo Chirinos













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