jueves, 15 de junio de 2017

presentación de Planetaria


el pasado 9 de abril presentamos Planetaria 






                                                                  y pasó algo de todo esto...






domingo, 21 de mayo de 2017

Sor Juana Inés de la Cruz


Finjamos que soy feliz,
triste Pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario:
      que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.
       Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso,
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
       Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro,
el otro prueba que es blanco.
       A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que éste por alivio,
aquél tiene por trabajo.
      El que está triste censura
al alegre de liviano;
y el que está alegre, se burla
de ver al triste penando.
      Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
     Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó, esté
hasta agora averiguado;
      antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta,
sigue cada cual el bando.
      Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario;
y otro, que sus infortunios
son sólo para llorados.
      Para todo se halla prueba
y razón en que fundarlo;
y no hay razón para tanto.
      Todos son iguales jueces;
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.
      Pues, si no hay quien lo sentencie,
¿por qué pensáis vos, errado,
que os cometió Dios a vos
la decisión de los casos?
     ¿O por qué, contra vos mismo
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce
queréis elegir lo amargo?
     Si es mío mi entendimiento,
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?
     El discurso es un acero
que sirve por ambos cabos:
de dar muerte, por la punta;
por el pomo, de resguardo.
     Si vos, sabiendo el peligro,
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?
     No es saber, saber hacer
discursos sutiles vanos;
que el saber consiste sólo 
en elegir lo más sano.
     Especular las desdichas
y examinar los presagios,
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.
     En los trabajos futuros,
la atención, sutilizando,
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.
    ¡Qué feliz es la ignorancia
del que, indoctamente sabio,
halla de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!
     No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.
     También es vicio, el saber,
que, si no se va atajando,
cuanto menos se conoce
es más nocivo el estrago;
     y si el vuelo no le abaten,
en sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.
    Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quita la substancia al fruto
la locura de los ramos.
    Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.
    En amenidad inútil,
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño,
que ostente flores el mayo?
    ¿De qué le sirve al ingenio
el producir muchos partos,
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?
     Y a esta desdicha, por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar, el que produce,
si no muerto, lastimado.
     El ingenio es como el fuego:
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuanto él se ostenta más claro.
     Es de su propio señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.
     Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los hijos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.
     ¿Qué loca ambición nos lleva
de nosotros olvidados?
Si es para vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
     ¡Oh, si como hay de saber,
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!
    ¡Qué felizmente viviera
el que, flojamente cauto,
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
    Aprendamos a ignorar,
Pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.



Sor Juana Inés de la Cruz, Obras Completas, Lírica personal I, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2009. 

viernes, 10 de marzo de 2017

Dolores Etchecopar


estuve llamando con el nombre equivocado
lo que vino habló y habló en una lengua desconocida
abracé la destemplanza y la fruición de los materiales
de noche al apoyar el oído en la almohada latían
barrios remotos iluminados como pequeños altares
las palabras despeñaban una y otra vez
una admonición que no estaba en mí comprender





el recreo pudo ser feroz
no lo sabías
te quedaste callada y vacilante
como una soga después de que algo salta sobre ella
sucedió que el mundo entró como un cuchillo
y quedó incrustado en la perplejidad
te procuró detalles preciosos
y rápidos en esconderse
de la memoria




una vez
escuché a la niña inca detenida en la montaña
sostuve su pequeña mano en la mía
su mano tocaba la hierba de un reino
y la posé sobre mi pecho

cada cosa anhelada irradia un silencio que protege
me fue concedido sostener una pequeña mano
en las sombras de la montaña
y cantar lo inusitado    lo breve de un cielo
que se espanta con el pensamiento





a mí me aturde estar viva y destruir
giro con el rencor
y la fiereza del magro amor
que me hizo
espaciosa y triste

lo mío es saquear un trino de la muerte





lo que dijo lo dijo de nuevo
está torcida la desembocadura
de corazón que traes

yo tenía en el pecho miles de pasos desconcertados

tarde me vi nacer
y era  de un vocabulario que enviaban los muertos

no estuvo en mí conocer ese amor
que llaman amor y se lo llevan entre dos
yo miro cuando se van con él y no regresan
tan arduo es volver del abandono
en el que un animal se adentra



Dolores Etchecopar, El cielo una sola vez, Buenos Aires, Hilos Editora, 2016





lunes, 6 de febrero de 2017

Ossip Mandelstam I


1

El golpe sordo y cauteloso
del fruto que del árbol se desgaja
en medio del continuo canturreo
del bosque en su profunda calma.
                                             1908


3

Leer tan sólo libros infantiles
y tener infantiles las ideas.
Todo lo grande dispersarlo lejos,
resurgir de lo hondo de la pena.

Mortalmente cansado de la vida
no espero nada de ella,
pero amo la pobre tierra mía
porque otra nunca viera.

Yo me mecía en un jardín lejano
en un simple columpio de madera
y unos abetos altos, negros
recuerdo en el delirio de la niebla.
                                              1908


7

Me han dado un cuerpo, ¿qué hacer
tan único y tan mío, con él?

Por la alegría de vivir tranquilo
¿a quién, decidme, estar agradecido?

Yo soy el jardinero y soy la flor,
no estoy solo del mundo en la prisión.

En el cristal de lo eterno se ha posado
mi aliento cálido,

e imprime en él un diseño
irreconocible al poco tiempo.

Deja fluir el cieno del instante
y que el suave dibujo no lo manche.
                                                 1909


11

Panal de nieve más cansado
y más traslúcido que el vidrio
de la ventana, un velo de turquesa
dejado en una silla con descuido.

El tejido, embriagado de sí mismo,
en la caricia de la luz gozando,
siente el estío como si el invierno
no pudiera tocarlo.

Y si en los gélidos diamantes
la helada de lo eterno fluye,
aquí está el temblor de las libélulas
efímeras, ojiazules.
                                   1910


13

Tiende la vela un rumor fino,
despeja la vista dilatada
y un mudo coro de nocturnas aves
por el silencio sobrenada.

Yo soy tan pobre como el campo,
y como el cielo de sencillo,
e ilusoria es mi libertad
cual voces de nocturnos pajarillos.

Veo una luna jadeante
y un cielo más muerto que un lienzo;
tu paz morbosa y rara
oh, nada, yo la acepto.
                           1910


16

Límpido, oscuro en el enorme abismo
una ventana lánguida de blanco
y el corazón, ¿por qué pesa cada vez
más lento y obstinado?

Igual va al fondo con todo su peso
nostálgico del amoroso fango
o bien, como una paja, evita lo hondo
y sube sin esfuerzo hasta lo alto.

Con ternura fingida ponte la cabecera
y canta día y noche una canción de cuna,
como en un cuento, languidece triste
y con altivo hastía da ternura.
                                       1910


20

Hoy es mal día, duermen
a coro las cigarras, y es la sombra
de los acantilados lúgubres más tétrica
que sepulcrales losas.

Un zumbido de flechas centelleantes
y un graznido de cuervos agoreros...
Yo veo un sueño malo,
los minutos pasan al vuelo.

Delimita el perfil de cada caso,
destruye la jaula de tierra
y haz que suene un himno de rabia,
un bronce de secreta turbulencia.

Oh, péndulo inflexible de las almas,
oscila sordo, en línea recta,
y con pasión llama el destino
a una puerta vedada, que es la nuestra.
                                                     1911


27

Yo detesto la luz
de las estrellas uniformes,
¡Hola, qué tal, mi fantasía de antaño,
estatura almenada de la torre!
Hazte de encaje, oh piedra,
y conviértete en telaraña:
¡el hueco pecho del cielo
con una fina aguja rasga!

Ya llegará mi turno,
un batir de alas siento,
¿Pero hacia dónde va la flecha
del vivo pensamiento?

O bien, apurando mi senda
y mi meta, regreso:
allá, no pude amar,
aquí, amar me da miedo.
                                1912



Ossip Mandelstam, La Piedra en Poesía, Madrid-México, Vaso Roto Ediciones, 2010
Traducción de Aquilino Duque

lunes, 16 de enero de 2017

"Así la vida de nuestra primavera" de Lidia Rocha


Menhires


No habrá ensueño eterno
lazos de la memoria
sino destino en la ceniza.

El fuego a la madera
desata el aliento de los dioses
demorado
en la raíz del bosque

para que el alma siga
el rumbo ascendente
de las piedras





Mulholland Drive *

                            si te labra prisión mi fantasía...
                                             Juana de Asbaje


esa otra de mí
que apenas puedo
          valiente
          intrépida

ese hueco en el cosmos
ese golpe de gracia
para que caigas

no muerta... No
          adormecida
          tenue
          sin peso

una plumita azul
sobre mi mano


*película de David Lynch (2002)





Aquí probamos


                              para Julia Magistratti


las cosas del mundo nos llaman
a quererlas,
nos piden
el grado justo de dedicación
nos hacen sordos

pero ella
        canta

viene     de otras voces
corre

        un río subterráneo
        nos desata
        del eje de la tierra
        del imperio solar del día a día

        nos lleva con la voz
        de un alma a otra

        nos hace huella
        de lenguaje.

Aquí probamos
esa música que viene de las palabras
y se queda en nosotros
y hace
más música





Los que no tenemos hijos


también fuimos invitados a la fiesta

pero no firmamos el libro de visitas
y la despedida fue más leve

Igual

dimos una vuelta entera a la pista de baile

y nuestra memoria    como otras
fue   más o menos efímera




Lidia Rocha, Así la vida de nuestra primavera, Buenos Aires, La Mariposa y La Iguana, 2016.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Edgar Bayley, primera entrega


Al comienzo de toda razón


Recuerdo esta mañana o aquella espuma
la obstinación del primer fruto

recuerdo tu camino
y tus campanas
tus alarmas y los besos que perdimos

recuerdo cada temblor tuyo
al partir entre las venas del sueño
tus ojos entrecerrados
y el tierno valle que me ofreciste
y todo lo que dejamos para separarnos
la ceniza cómplice de las veinticuatro horas
la esperanza crispada por el viento
mi propia semejanza
el nacimiento sin número del hombre
mi redada abierta de pulsos y memoria

no hemos sido después lo de esa noche
nos desdoblamos por otros caminos
y nos vertimos indiferentes
en la máscara nacida del reposo y la costumbre
ahora quisiera iluminar hasta el más oculto de nuestros
    segundos
esperar reencontrar nuestra pausa
nuestro túnel de arena
pero se ha hecho demasiado tarde para las hojas de tus
    sueños
para la convergencia que amabas
para el fondo de tus luces

oh lucidez inocencia
perdidas entre el polvo y la renuncia




Es infinita esta riqueza abandonada


esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas
    remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos de
     cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío
no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada




El brazo


Entrega tu sueño
al pájaro del alba
Tú ya no puedes
penetrar el aire
Vuelve
con los brazos abiertos
en silencio
No despiertes al mar
Entrega tus tambores
No te expliques nada
deja al cielo la noche
Ya es hora
Cada recuerdo queda
con su guerrero propio
No te expliques nada
no pidas el rescate
ni la palabra justa
El nido abre su piel
para alojar tu voz
La rosa del viento
aclara tu alfabeto
Los coros descienden
a la luz de otra luna

Yo entrego mi temor
y la esperanza
Toda noche vuelve
al borde del espejo

Vuélvete
deja tu nombre
y la defensa

En el claro del viento
otra palabra te sorprende

Los árboles giran
quince años atrás
La espesura del alba
ha cambiado los tiempos

Abandona más todavía:
espanto
trinos
el agua de siete colores
tu mano sumergida
aquella rosa
estos labios
y el sombrero
de los cuatro puntos cardinales

Deja fluir tu brazo
sobre el mundo




Una voz solamente


Este juego tuyo
esta ventana

Puedes mirar más lejos
conversar

Otros miran por ti
aprenden
conversan con los dioses

He aprendido
he vivido
hago mi propio juego
es todo lo que tengo

Humilde es el camino
del corazón del hombre
te es dado un solo juego
una voz solamente

He jugado
he mirado
es todo lo que tengo




Todo el viento del mundo


No he de volver al aire. Caminos. Caminos del libre odio, sombras, torpezas que rescatas en la espiral. Serpiente del lanzamiento. Odio, razón de vida, vino del sueño vidente, cosecha entre las rocas. No he de volver al aire. Condena, sospechas, abolición del hermano, cuerpo renegado de un pan sin justicia, cielo negro, tronco hostil, heridas del alba, floración lenta del rechazo.

   No he de volver a la playa secreta ni cosecharé en la noche los frutos ocultos. Caminos del delirio mudo. Separación. Golpes en la muralla. Ilusión taciturna de la palabra-calle de la furia. Allí mismo, flor de la guerra, destrucción del valle, lógica del poder. Tierra de nadie, aridez del rechazo propio. Rechazo de los otros, sangre del desamor. Dominio del cuidado. Estrategia del desprecio. Libre serpiente, sembradora de la renuncia y la negación.

   Nadie se consuela, nadie se compadece en las arenas del desprecio. Los días no colman ninguna ternura. Con los ojos abiertos, con la memoria vacía, asistimos a la fiesta de la destrucción. Ni ellos ni yo. No será para nadie la patria verdadera. No serán para nadie las linternas y la confianza.
Reino de la traición, sin dudas ni dioses. Juegos del odio, milagro de la crueldad.

   Pero el viento prosigue, más allá de la humillación y la alegría, cantando la transformación de los colores, igualando el desprecio con la esperanza, el cuidado con la inocencia. El rechazo, al quedar solo, se hace habitable. Se establece, habla sin declamación ni cálculo.

   Es mi propiedad en la arena. Es una voz al borde de la destrucción. La negación que hace un hombre, todos, más allá del cuidado. Va a nacer del asco un rostro.

   Los ojos abiertos mirarán por fin.

   Alguien es finalmente para sí mismo, para los otros. La catedral del desprecio abre sus ventanas. La libre serpiente llama, descubre. No hay caídas ni impaciencias en esta luna fría. No hay temor en las fronteras del bosque. El reflejo cede ante el agua de la fuente.

   Un nombre. Una lucidez fraternal. Un nacimiento. El mundo llega a ser un tú. Canto. Luz en la piedra fecundada. Nos reconocemos. Luminoso cielo oscuro. Sangre del desamor enamorada. Rostro del hermano. Admisión del sí mismo en el rechazo. Lentamente surge  la compañía de los otros. Un camino. Nos volvemos viento.
Todo el viento del mundo.




A ser otro


he venido a ser otro
a ser el mismo
a entrar salir a estar despierto
no quiero eternizarme en una cara
en  un traspié canal en un cuidado

he venido a ser otro
a convertirme
en cal en hoy en calle
en mi enemigo
he venido a mezclarme
a estar parado
a darme a ser a no mirarme
a no decir ya está he terminado

he venido a estar a empobrecerme
a seguir con mi apuesta
entre los hombres

he venido a morir o no morir
enamorado
a partirme en cielotierra
entre dos pasos
habitando el desamor
y la alabanza


(una primera selección entre 1944-1963)

Edgar Bayley, Todo el viento del mundo: antología poética, Buenos Aires, Colihue, 2015.




jueves, 8 de diciembre de 2016

Claudia Masin, La cura


Potrillo


Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas,
esas cosas que ya no sirven para nada,
pero no se pueden abandonar: son parte del propio cuerpo,
del camino recorrido. Es difícil soltar lo que nos ha acompañado
tanto tiempo, aunque lastime y agobie y la espalda se incline
bajo el peso. Como si fuéramos la muesca diminuta
sobre el arma disparada en un pasado remoto,
en una tierra desconocida decidieron por nosotros, antes
de que naciéramos, hasta los muertos que tendríamos que llorar.
Pero si nos acompaña una multitud a cada paso, pienso,
el aislamiento no resuelve nada. Ni construir una cabaña
con las propias manos en el monte impenetrable,
darle la espalda al mundo y a los demás, volverse un paria
que ha rechazado su lugar entre los otros
para quedar libre de una deuda
que de todas maneras va a tener que pagar. Entonces,
si los cuerpos reunidos al principio
quedan atados por un nudo que atraviesa el tiempo, una cuerda
increíblemente firme, imposible de desatar,
¿cómo ser en la vida algo más que una especie
de fenómeno natural: un latigazo del cielo, un rayo
que destroza sin razón y sin sentido, o al revés,
una lluvia suave que reverdece el campo seco y trae alivio
a los cultivos casi muertos? Es decir,
¿cómo ser algo más que un impulso ciego
que actúa sin voluntad de hacer el bien ni el mal,
por pura inercia desprendida del pasado, de los terrores,
los deseos, las pasiones de la tribu?
A veces creo, pero es una cuestión de fe, no sé si es cierto,
que se puede construir una familia a partir de cosas ínfimas
que no forma parte de la historia contada
a través de las palabras o del cuerpo de los que amamos.
Que podríamos descender en el tiempo
hasta el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad
ni el miedo, a través de una memoria física que nos devuelva
la humilde y pura gracia de respirar. Hablo
de atarnos a detalles tan insignificantes que no serían jamás
parte del drama y por eso mismo no podrían
convertirse en el hueso de tu infelicidad.
Sería tan distinto, claro,
si tu familia fuera el día en que conociste el verano,
la primera experiencia de alegría bajo un chorro de agua
en el sopor pesado de la siesta, el olor de la tierra mojada
y el contacto del pasto en los pies descalzos. La risa, levantándose
como la bruma del calor hacia lo alto. Si fuera tu destino ese punto
del pasado, ese resplandor que quedó grabado a fuego,
clavado en tu carne como la herradura en la pata de un caballo joven,
de un potrillo que en el momento de entrar al establo
se retoba y corre y es capaz de fugarse de la vida que le espera.




Río

Vuelve a erigir la casa y bordemos la historia,
Vuelve a contar mi vida.                                       
                                
Olga Orozco


Cuando era chica, a la hora de la siesta, no quedaba en la casa
ni una sola persona (salvo yo) despierta. A veces
algún hecho inesperado rompía la tranquilidad y había
que salir corriendo, contárselo a quien se pudiera:
ninguna cosa triste, hermosa o terrible– tiene sentido
si nadie más la está viendo. El día
en que pasaron un par de caballos viejos, llevados 
de las riendas por sus dueños, y entraron en el río
en medio del calor insoportable, conté la escena 
pero no dije nada de esas bestias lentas, que iban
con la cabeza gacha, cansadas de antemano,
acostumbradas a la obediencia. En mi relato
eran potrillos ariscos que habían llegado de lejos,
levantando una polvareda, una tropilla de lejos,
que había entrado corcoveando al agua a buscar el fresco.
¿Es siempre una mentira distorsionar
los hechos, inventarle a la vida una combinación, un orden,
un sentido diferentes? ¿Y si lo efectivamente sucedido
se disgregara una y otra vez al ser narrado
como una piedra erosionada por el viento,
hasta terminar reagrupando sus partículas
en una nueva historia, tan cierta
como la original? ¿Sería posible
hacer vacilar los hechos inconmovibles, derrumbarlos,
levantar otros en su lugar, igual de sólidos
o todavía más? Tal vez no compartimos relatos 
para hacernos conocer, ser transparentes
o sinceros, sino para inclinarnos junto a otra persona
sobre la vida que tuvimos y decirle: ¿ves?
acá es donde empezó el deterioro, donde me di por vencida
y acepté que la fealdad o la tristeza
eran irreversibles. Habría que volver atrás, entonces,
a inventar de nuevo la historia malograda,
a reparar lo que se ha roto y recomponer las paredes
precariamente sostenidas, los rebordes descuidados,
los lugares que quedaron abandonados o inconclusos,
como un albañil que maneja las herramientas toscas
con toda la delicadeza de la que es capaz
hasta que logra encontrar la forma
a la vez simple y hermosa 
de combinar los materiales con que cuenta
para transformar lo que estaba dañado, eso que todos decían
que no tenía arreglo.


Claudia Masin, La cura, Buenos Aires, Hilos Editora, 2015.